Bienvenido
al Infierno: un restaurante de comida rápida en hora punta, a mitad de camino
entre el centro y la casa de mi abuela. Aquí es donde trabaja Belcebú como
encargado, un tipo bajito y regordete con una sonrisa encantadora y unas orejas
parabólicas con las que, si quisiera, podría aplaudir. Pero no quiere. Y no le
gusta hablar de ello. El de la mesa del fondo, tras la columna, soy yo, un
aspirante a escritor dispuesto a vender mi alma por un best-seller, aunque sea
malo, qué más da. Y los de la mesa de al lado, la parejita octogenaria, no sé
quiénes son, pero llevan ya un rato largo magreándose, y poniéndome nervioso.
BELCEBÚ Dos cafés, uno de ellos con poca leche, y el otro con más leche que café.
Recordatorio:
si el mismísimo Belcebú en persona accede amablemente a dispensarte unos
minutos de su eternidad, sentándose contigo a la mesa, invitándote a tomar un
café, con la sana intención de escuchar tu oferta, lo peor que puedes hacer es
comentarle que no pediste un café al camarero, sino un zumo de zanahoria, porque
ni la leche ni el café te sientan bien al estómago.
BELCEBÚ ¿De qué quieres que hablemos, aparte de lo mal que está el servicio y tus problemas lácteos con o sin café?
Quiero
ser escritor, señor Belcebú.
BELCEBÚ Perfecto, pues escribe. ¿Algo más?
Recordatorio: al abrir la boca sin saber qué decir, evitar enseñar todos los dientes: ni él es dentista, ni tú un caballo.
BELCEBÚ Ah, entiendo: has venido a venderme tu alma, a cambio de ¿un best-seller? O puede que sólo quieras tirarte a tu vecina.
¿Pueden ser ambas cosas? Si no,
señor Belcebú, lo del best-seller está bien, gracias.
BELCEBÚ Chico, mira bien este local. ¿Te parece vacío? ¿Crees que hay poca vidilla en él? ¿De verdad piensas que me interesa meter más gente aquí? Olvídalo. Si quieres escribir, escribe, pero a mí déjame en paz.
Nota
posterior: Belcebú, a la altura de su fama, no perdió en ningún momento la
compostura, pese a ser mi vida un tema de nula importancia para él. Se mostró
cortés conmigo, e incluso trató de darme algún que otro consejo. Según su
experiencia con el resto de pesados en mi misma condición, me recomendó que, como
mínimo, escribiese mil palabras al día, si quería superar la mediocridad; dos
mil palabras, si aspiraba a convertirme en autor de culto, desconocido y hambriento;
y tres mil palabras, en caso de albergar la estúpida esperanza de pagar parte
de las facturas con posibles beneficios derivados de mi ¿talento u ombligo,
cómo lo llamó? Luego me insistió en que escribir bien es como estar en forma,
que de nada vale apuntarse al gimnasio si luego uno no va a ir, o, en caso de
ir, hace un par de flexiones, corre durante diez minutos, mira el culo de las
chicas, y, al final, acaba echándose una siesta de dos horas tras haberse
comido huevos con chistorra.
BELCEBÚ Piénsalo, chico: al menos escribir te saldrá gratis.
Entonces, ¿mil palabras al día como mínimo?
BELCEBÚ Sí, lo has cogido rápido: mil palabras. En cuanto llegues a casa, te pones a ver qué sale.
¿Y si no sale nada?
BELCEBÚ Quizá al día siguiente salga algo.
¿Y si no tengo tiempo para
hacerlo todos los días?
Recordatorio:
no jugar con la paciencia de los todopoderosos.
BELCEBÚ Siempre hay tiempo, si uno lo busca: en lugar de cascártela pensando en tu vecina, o pasarte la tarde viendo la tele, te sientas y escribes.
Recordatorio:
si el mismísimo diablo arquea una ceja, malo. Hay que saber cuando parar.
Antes de marcharse, señor
Belcebú, la última pregunta: ¿qué debo hacer con la novela que ya tengo escrita?
Antecedentes:
hace un par de años escribí un cuento de cuatrocientas páginas sobre un
ornitorrinco mágico afectado de aerofagia. Es complicado de contar, pero
resumiendo por encima, la cosa iba de un ornitorrinco mágico afectado de
aerofagia que viaja en el tiempo por culpa de un cuesco liberado en mitad de un
hechizo, y acaba atrapado en la época de las cruzadas; allí conoce a un grupo
de cascarrabias y homófobos caballeros con espada corta que custodian una
especie de cáliz sagrado, en cuyo interior, se conservan los orines de un rey
muerto. Los caballeros son como templarios, pero no son los típicos templarios,
sobre todo, porque nunca he sabido qué es un templario, y tampoco quería mezclar
la religión en todo esto. La única misión de los cascarrabias y homófobos
caballeros es la de custodiar que los orines del rey muerto no se derramen. Y
por ello, piden ayuda al ornitorrinco mágico. Una noche, uno de los caballeros,
el menos cascarrabias y homófobo, se promete con un joven y apuesto campesino,
cuya mayor ilusión en la vida es la de danzar bajo una lluvia dorada real. Como
el ornitorrinco es mágico y puede estar en todos los sitios, se entera de esta
violación de conducta dentro del seno de los caballeros, y se lo chiva a los
demás. Al final hay un enfrentamiento con espadas cortas del que no sale vivo
nadie, y todo por culpa de un descuido del joven y apuesto campesino que,
pensando que los caballeros abandonan en tropel el armario, les propone
disfrazarse de virginales cortesanas. Eso sí, el ornitorrinco salva la vida, pues
encontrándose muy aburrido de tamaña masacre, decide tragarse los orines del
rey muerto, deshaciendo así el encantamiento dimensional, y regresando a casa a
la hora de la merienda, como si nunca hubiese pasado nada, tras una horrible
tarde de gases.
BELCEBÚ Una buena pira es lo que necesitas. Ahora, si me disculpas, debo atender al resto de clientes: el tesón ya no es cool.
Recordatorio:
Belcebú es un tío majo, dónde va a parar. Pero no me ha resuelto nada hablar
con él. Si no le he entendido mal, para obtener éxito tengo que escribir como
mínimo mil palabras al día, disponga o no de tiempo. Aparte, debería quemar la
historia del ornitorrinco mágico. Las ganas que tengo de ser famoso no bastan,
ni tampoco las buenas ideas que bullen en mi cabeza, ni el talento que fluye en
mi interior, esperando a salir y a ser aplaudido por multitudes deseosas de
conocerme. No, por lo visto hay que escribir, como mínimo, mil jodidas palabras
al día.
Bienvenido al Infierno, chico.
Fieri, un Belcebú imaginario |
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